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La danza de lo sagrado y lo profano | Estanislao Contreras Colima


Oriundo de Zacoalco de Torres, nacido en 1936, Estanislao Contreras Colima se ha dedicado a la fábrica de volúmenes: la escultura, a partir del barro, la piedra (arenisca, mármol, basáltica, volcánica, ónix) y la madera (sabino, cedro, parota, caoba). Hacia sus ocho años de edad se trasladó a Guadalajara, donde lo cimbraría la plástica de José Clemente Orozco y de otros creadores que renovaron la única escuela de pintura, la de Jalisco, existente en México, desde los albores del siglo XVI en pleno virreinato, en la Provincia de Nueva Galicia.

Estudió escultura en la Escuela de Artes Plásticas de la Universidad de Guadalajara, bajo la dirección de los destacados maestros Miguel Miramontes Carmona (1918; Guadalajara, Jalisco), quien asistió a Ignacio Asúnsolo para tomar la mascarilla y la mano de José Clemente Orozco en su fallecimiento y Oliver Seguin (1927; Montreuil-sur-mer, Francia), quien participó en la Ruta de la Amistad en las XIX Olimpiadas de México, representando a su país, con la escultura blanco/negro de la Estación 16 del recorrido ideado por Mathias Goeritz.

Así pues, Estanislao Contreras se desarrollará a partir de dos modalidades opuestas de la composición: el nacionalismo de Miramontes, estático y de un civismo desesperante, y la abstracción de Seguin, moderna y geometrizante, quien formó parte de la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Guadalajara (1959-1965), para después trasladarse a la Academia de San Carlos en la Ciudad de México, donde impartió el taller de escultura de 1966 a 1972, con una interrupción sabática en la Universidad Washington de San Louis Missouri (1969). El francés será su influencia decisiva, aunque a diferencia de él, su obra se concentrará fundamentalmente en los pequeños y medianos formatos.

Miguel Miramontes Carmona rodeado de sus obras en su estudio de Chapala.

 

Dolores Aurora Ortiz Minique considera que la influencia de Olivier Seguin fue definitiva, y en conversación con el artista, Contreras subraya: “Lo que me ha quedado en esencia es que fue un individuo de mucha sensibilidad, que trató de transmitirla con su poco español. Nos daba temas para conceptuar, aunque sin realmente investigar con profundidad. Por ejemplo, nos pidió interpretar una corrida de toros; hubo una ligera investigación para poder representar la fuerza del toro y la inteligencia del hombre; para mí esto fue muy importante”. De él aprendió el sentido de la economía de elementos, la simplificación de trazos. Continúa el entrevistado: “Con la abstracción se puede trabajar directamente; cuando tienes una escultura en las manos, puedes quitarle todo lo que pesa, así obtienes el peso exacto que necesitas” [1].

 

 

Olivier Seguin: escultura, teatro experimental, Guadalajara, 1960.

 

Su padre, de ocupación campesino, labraba también la cantera, de allí le vino el gusto de devastar las rocas, buscándoles el alma y las formas contenidas en sus vísceras. El poder de las estructuras se le manifestaría en los nudos caóticos y macizos de las raíces de los árboles. La tierra no saciaba las ansias de nuestro artista, de modo que defendería su entrega a parir tridimensiones trabajando como aprendiz con el imaginero, tallista y picapedrero Guillermo González, como lo fuera también Juan José Méndez Hernández, en esa rica tradición autodidacta de la intervención vernácula de materiales en el Occidente y la vertiente del Pacífico. En 1956, se inscribiría en la Escuela de Artes y Letras de la Universidad de Guadalajara, en donde se entregó al aprendizaje de hacer “monos”, en sus propias palabras.

José Luis Meza Inda (1937-2016), el patriarca de la crítica de arte en Jalisco, que siguió de cerca durante varias décadas la fábrica de ilusiones y sorpresas de Estanislao Contreras, lo califica así:

            Hombre mesurado e introvertido, volcado hacia un interior enriquecido en ideas y          sentimientos, quien ha estado luchando a lo largo de su existencia por asir lo inasible,       concebir lo inconcebible y ver y hacer mirar lo invisible, proyectándolo externamente    mediante formas y volúmenes, trabajando incansablemente sobre los materiales más sólidos como las maderas compactas, la piedra ríspida y el hiriente hierro, logrando         así en muchas ocasiones dotarlos de sólidas vibraciones rítmicas e impregnarlos de         un alma fluida.

Tan implacable amante de las artes plásticas, remata su texto Idea y materia: dos extremos conjugados, con generosidad y conocimiento:

            Aunque no lo parezcan, las obras de Contreras Colima, reconocidas y galardonadas        no solo en nuestro medio sino en el ámbito nacional e internacional; son    monumentales, de una monumentalidad que no tiene relación alguna con medidas ni      peso, sino con el poder de atraer, de agarrar las entrañas, merced a su poderosa   irradiación espiritual y estética; su energía se encuentra en reposo, pero secretamente     activa y comprimida; son esculturas que llevan en su interior, en el espacio esencial de su núcleo invisible que las impulsa, una avalancha de contenidos y significados; son esculturas no vastas, sino graves y tensas, porque han logrado aprehender lo imponderable, lo impalpable y el peso sutil de las ideas, aquello que da nombre a la irrealidad imaginaria.

[…] 

 

             Las esculturas de Contreras no remedan, expresan; son visiones internas de la otra realidad reducida hasta la médula; son obras que dicen mucho, gesticulan poco; son mutaciones, transfiguraciones y variaciones que surgieron de la interminable batalla entre la forma y espacio; concreciones/conjunciones saludables, atinadas, felices, de un realismo ideal, no el de las apariencias de lo visible sino el de la substancia de lo   invisible.

Este juicio crítico fundamenta los éxitos del creador en diversos salones y bienales de escultura, donde obtuviera un sinfín de menciones honoríficas y reconocimientos [2].

En la actualidad, la conurbación Guadalajara-Zapopan experimenta un auténtico boom de intervenciones escultóricas en el espacio público. En general, desafortunadas las localizadas en la capital del Estado, a iniciativa de su entonces Alcalde Enrique Alfaro, ostentosas y disonantes, Sincretismo de Ismael Vargas, Las Tres Gracias de Sergio Garval, La Pluma de Pedro Escapa, Árbol adentro de José Fors, entre otras; mientras que las ubicadas en el municipio aledaño son innovadoras, vigorosas y en efecto se distinguen por su pertinencia urbana, proyecto “Escultórica Monumental” impulsado por Humberto Baca y Jorge Huguenin Bolaños Cacho de Grupo Exim, que cuenta hasta ahora con la participación honoraria de Alberto Castro Leñero (El Grito), Gabriel Macotela (Torre), Gonzalo Lebrija (Cubo torcido), Ismael Vargas (Maíz), Claudia Rodríguez (Rizo), Humberto Baca (Hilo de Ariadna), Alejandro Fournier (Trayecto) y Francisco Morales (Nodo).

Un Escarabajo (1997; madera de parota), una Mariposa (2009; ónix), o una Guacamaya (2011; piedra arenisca), bien podría engalanar algún escenario jalisciense, dotándole de belleza y armonía adicionales, en escala humana, con calidez, y constituyendo un justo tributo a quien ha impulsado durante más de medio siglo la escultura contemporánea.

Con sobrada razón, el Museo Federico Silva Escultura Contemporánea se ha dado a la tarea de rescatar a los compositores de volúmenes que son referencia estética e histórica de las visualidades y gestualidades imperantes hoy día. Maestros como Estanislao Contreras Colima se merecen esta justipreciación por su trayectoria sobresaliente y, además, porque continúa en activo brindándonos lo más depurado de sus fantasías, apetitos y sueños.

 

 

Guacamaya; 2011, piedra arenisca.                                  

Mariposa; 2009, ónix.

 

 

Escarabajo; 1997, madera de parota.

Luis Ignacio Sáinz

 

[1] La escultura en Guadalajara, tesis de maestría en Humanidades, Universidad Autónoma de Zacatecas, 2005. Los comentarios del artista se desprenden y forman parte de la entrevista que le hiciera en su taller de Huentitán, el 24 de septiembre de 2001, la también escultora.

[2] Nuestro compositor de hermosas zoologías, guardaba –no sabría su opinión en el presente- un mal sabor de boca en relación con la producción tridimensional de los jóvenes y, en especial, mantenía un distanciamiento de los críticos. De tal suerte que le confió a Dolores Aurora Ortiz Minique: “Al referirse al contexto de la escultura local, considera que no existe tal, sino que cada quien trabaja en su intención particular e individual. ‘Naturalmente, para la escultura que a uno le gusta hacer, no es fácil encontrar un medio y una respuesta general’. En cuanto a recepción y difusión, dice que no hay; ‘difícil es que la crítica de arte tenga la sensibilidad para captar lo que uno propone. [A los críticos] les falta apreciación y percepción, y por lo mismo no pueden tampoco ayudar a la sociedad a comprender”; Ibidem.