Seleccionar página

Jesús Mayagoitia y la lasitud del metal


autor: Luis Ignacio Sáinz

Ningún poeta más osado y atrevido que Francisco de Quevedo (1580-1645), y miren que aseverarlo siendo el Barroco una “casa de orates”, como la calificara Alfonso Reyes, no resulta poca cosa, a grado tal que le dedicó versos en miscelánea a todos los tópicos habidos y por haber, procedentes de la suma de reinos, escatológicos y metafísicos, profanos y sacros, vivientes y fósiles. Entre ellos, compuso algunas nimiedades deslumbrantes, dardos voraces de acertar a los blancos, a esas máquinas autómatas capaces de medir el tiempo, remontando la desilusión y la melancolía propias de los horarios verificados, carentes de espontaneidad.

En una silva bautizada Reloj de campanilla, el fullero de Madrid que pereciera en Villanueva de los Infantes, escribió enjundioso: “El metal animado, / a quien mano atrevida, industriosa, / secretamente ha dado vida aparente…”. Y cosa semejante fragua y emprende, serio, abstraído y a veces lisonjero, Jesús Mayagoitia (1948), digno heredero de esos subterráneos domadores de las rocas transformadas en azófares y de estos en poliedros vitales o geometrías suspendidas o cuerpos regulares o volúmenes simétricos… Sí, perteneciente al linaje de esas deidades de fuego y forja, llamadas a según la geografía de sus talleres-hornos: Hefesto, Vulcano, Kagutsuchi, Ptah o Agni.

Lo mismo da que sus composiciones, a partir de la realidad accesible, al alcance de la mano, conquistan su intención en la elocuencia del silencio y la discreción. Como si apreciáramos un dejo por moverse de la estructura, adquirir dinamismo, soplo de vida, y romper a correr o a hablar o a volar o a camuflarse. Los objetos, entonces, desearían ser sujetos; cobrar conciencia y movimiento, apetitos e instintos, razones y pulsiones. Esta es la aspiración mayor del arte, y nuestro compositor de bultos ordenados y deslumbrantes la frisa con pudor, la roza en sigilo. Hacedor de formas, convocante de sueños, ilusionista, al fin y al cabo. Y para muestra basta un botón, Espacio vertical (acero pintado, 600 x 170 x 120 cm.), alojado en el Museo al Aire Libre Utsukushi-ga-Hara (Ueda, Nagano; Japón), Gran Premio Henry Moore en 1987 [1].

Crea por series, abordando temáticas específicas, fatigándolas en la bocetería del gabinete, en los ejercicios del taller, en los ensamblajes formales. Intenta encapsular el azar, devoto de la verdad entendida como error rectificado. Se trata pues, de un artista pragmático, que evita perderse en filosofías, aunque sí posee ideas, contundentes, rotundas, sobre qué hacer y cómo hacerlo. No suele llevar prisa, siendo meticuloso, agota las proyecciones de su imaginación calibrada, simula la ocupación del espacio; y entonces, se decide a trazar, cortar, armar, soldar, pintar. Evita el dispendio de recursos y el derroche de energía; amén de pensar las condiciones de instalación y cohabitación de cada pieza: ya sea el paisaje, como en su Pirámide (acero pintado, 320 x 1600 x 120 cm.; Club de Golf Bosques, 2000) o la arquitectura, como en su bellísima Lluvia sobre el Puente (acero pintado, 1100 x 700 cm.; Instituto de Investigaciones Económicas, UNAM; 2009).

Lluvia sobre el Puente, 2007.

[1] Honor que nuestro Premio Nacional de Ciencias y Artes 2012 Fernando González Gortázar (1942) obtendría también, poco después, con Pilares desmontados (1989).

Semejante cuidado y devoción por el rigor tiene sentido en la calidad del resultado final, ya que sus intervenciones destacan por discretas en escala, color y emplazamiento. Un buen ejemplo de ello es Triada UNAM (acero pintado, 1500 x 200 x 180 cm.; frente al Estadio Olímpico de CU, 1994), que conmemora el cuarenta aniversario de la construcción de Ciudad Universitaria, y que en franca convivencia, se ubica cerca de la obra emblemática de la Ruta de la Amistad de la XIX Olimpiada de 1968, El Corredor de Germán Cueto [2] (1893-1975), sin duda el padre de la escultura moderna en México, miembro prominente de Cercle et Carré (1929-1930; París, grupo y revista creados por Joaquín Torres García y Michel Seuphor). La parquedad del blanco del metal se expande con delicadeza en el contexto urbano: primero, porque se levanta a un costado de la vialidad principal, avenida de Los Insurgentes, en una suerte de remanente de terreno pedregoso; segundo, porque su verticalidad sirve hasta de mirilla del mural La Universidad, la familia mexicana, la paz y la juventud deportista (1954) de Diego Rivera, que funge de frontón-escudo del acceso al complejo proyectado por Augusto Pérez Palacios, en colaboración con Raúl Salinas Moro y Jorge Bravo Jiménez, iniciado en marzo de 1950 e inaugurado el 20 de noviembre de 1952; tercero, porque los elementos circunvecinos no originales o contemporáneos al proceso constructivo de nuestra máxima casa de estudios deben ceñirse respetuosamente a la justipreciación del muralista guanajuatense cuando se refería al comentario del arquitecto Frank Lloyd Wright (1867-1959), expresado mientras visitaba el coso atlético: el “edificio más importante de la América Moderna” [3]. Así las cosas, tan destacado escultor demuestra su conciencia patrimonial.

Tríada, 2004.

“Me expongo a través de la obra”, musita Jesús Mayagoitia, generador de cuerpos ligeros, aspirantes a flotar o, con mayor exactitud, levitar; sintéticos, minimalistas, proclives a la bruma y a cierto grado de invisibilidad. Empero y a contracorriente de su logro único, consistente en conquistar la lasitud del acero, su transparencia, el pensamiento que ánima sus fantasías objetivadas, ya no suspiros ideales sino exhalaciones matéricas, deviene fuerte, pleno, convincente. El discurso de su espacialidad manifiesta y revela una reflexión sistemática, viajes euclidianos e inmersiones infinitas en teselaciones escherianas. Cero improvisaciones; reclusión en los aposentos del investigador callado, disciplinado, tozudo: ese que no ceja en su empeño fabril hasta resolver el acertijo que le plantea el vuelo de su imaginación en cada composición. Vocabulario ígneo, arrasador, incontenible, que en los rescoldos y las brasas se nutre. Así, fuego de fuego, el sol; fuego de agua, el geiser; fuego de aire, el rayo; fuego de tierra, el corazón, según el termómetro de Angélica Abelleyra [4].

[2] Canal 22 – Noticias. Entrevista a Jesús Mayagoitia por Angélica Abelleyra del 29 de mayo de 2017 (https://www.youtube.com/watch?v=HHDY_qDQMIo).
[3] Teresa Bosch Romeu ha señalado con razón que Germán Cueto: “Fue uno de los pioneros en el uso de planchas metálicas recortadas con las que elaboraba figuras antropomórficas, en las que el espacio vacío se convertía en elemento fundamental de la composición. A través de un juego de curvas y planos creaba en efecto espacios vacíos, cambiantes, dinámicos a medida que el espectador se mueve alrededor de la escultura. El aire pasaba a formar parte de la obra”:  Germán Cueto: un artista renovador. México, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 1999, p. 20. ​Esta morfología se conserva en El Corredor a pesar del gran formato de la pieza y, sobre todo, del material de que está hecha, el bronce.
[4] Afirmación de Diego Rivera en una conferencia de junio de 1954 en el Palacio de Bellas Artes, recuperada por Ruth Rivera una década más tarde en Los cuadernos de Arquitectura, México, INBA, número 14, 1964: tomada de Canales González, Ana Fernanda: La modernidad arquitectónica de México: una mirada a través de los medios impresos, Tesis doctoral, Universidad Politécnica de Madrid, Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid, 2013, 366 pp., en particular p. 18.

 

A su conocimiento enciclopédico, relativo a las figuras y sus metamorfosis, se le adosa en calidad de sello identitario, su prehispanismo: esa capacidad de rescatar o aislar el hallazgo genuino, la novedad técnica que articula masas y les confiere aparente animación, un tris de meneo a los magníficos bloques de basalto o andesita aztecas de inspiración tolteca. El artista siempre evoca sus visitas o peregrinaciones a la Sala Mexica del Museo Nacional de Antropología, en tanto eterno retorno a los orígenes de una espacialidad y una volumetría que le son entrañables. Allí se solaza en lo peculiar de los remedios que los antiguos mexicanos desarrollaron para enderezar retos complejísimos de fábrica y tallado en los grandes monolitos de tan refulgente civilización. Las mujeres pétreas de la bóveda celeste, Coatlicue, la tierra, Coyolxauhqui, la luna, Tlatecuhtli, la devoradora y paridora de muerte y vida, adornadas de serpientes, caracoles, huesos cruzados y cráneos.

Huehueteotl, 2014.

 

Coyolxauhqui, sf.

Jesús Mayagoitia asume la resistencia frente al expolio y la destrucción del pasado. Respira los versos de León Felipe [2] (1884-1968) y aguarda el tiempo oportuno para saldar cuentas:

Con las piedras sagradas
de los templos caídos
grava menuda hicieron
los martillos
largos
de los picapedreros analíticos.
Después,
sobre esta grava, se ha vertido
el asfalto negro y viscoso
de los pesimismos.
Y ahora… Ahora, con esta mezcla extraña,
se han abierto calzadas y caminos
por donde el cascabel de la esperanza
acelera su ritmo.

Lluvia, 2001.

Estrella. 1978.

 

Lejos de la ideologización, sus signos tridimensionales remontan la banalidad, la exhiben, dada la fuerza intelectual –sin que se eclipse la emotividad– que les sirve de cimiento, y que suele cifrar su alcance en los nombres o títulos que los designan. Alusiones elegantes, circunspectas, directas, enemigas de la teatralidad y sus corolarios la falsa sofisticación y la pretensión de refinamiento. Si la escultura es una estación (Verano, Otoño), una deidad (Coyolxauhqui, Huehueteotl), un fenómeno natural (Lluvia, Nieve, Cascada) o un objeto reconocible (Volcán, Estrella), así se indica sin aspavientos; y cuando se trata de una estructura narrativa, también (Eros I y II, Danza y Acrobacia, por ejemplo) o de un objeto aludido o metafórico (Caleidoscopio, Flor y Canto). De modo que su abstracción se identifica con una economía de elementos constructivos, la eliminación y/o compactación de gestos subjetivos y de trazos sentimentales, más que con un ocultamiento semiótico.

 

Eros I, 1995.

 

Verano, 2001.

 

Racionalidad sensible, sensual, dialógica con los sentidos y la criba propia de las percepciones. En suma, “revolucionario de la razón”, abusando de la calificación que hiciera Alfonso Reyes de Juan Ruiz de Alarcón, y que sin hipérbole se le puede asignar a tan conspicuo y talentoso inventor de realidades desconocidas, Jesús Mayagoitia, el que hace sonar “el cascabel de la esperanza”.

[2] Versos y oraciones de caminante (1920-1929), Nueva York, Instituto Cultural de las Españas, 1929. Se trata de la segunda publicación del poeta, la primera del mismo nombre se editó en Madrid en 1920, en ocasiones para diferenciarlos se les añade el numeral romano correspondiente: I para la versión madrileña de 1920 o II para la versión neoyokina de 1929.