Seleccionar página

La persistente vocación de lo eterno


La geometría es el entramado tensor de la gravedad dentro del espacio del arte escultórico. Profundidad, distancia, rotación, e incluso la propia inmovilidad, son elementos de toda obra, cuya apreciación fundamental se basa en la observación minuciosa de su perfección, desde la perspectiva panóptica del espectador omnisciente y omnipresente: representación de la virtud divina de poder observar y comprender la totalidad del cosmos.

Para Pedro Martínez Osorio, la forma es pregunta y el fondo es respuesta. Esta postura creativa sustenta los conceptos ontológicos desde los cuales la materia encuentra su vocación estética. Así, una mariposa es un mapa estelar, una cruz es una señal de dirección para el tempo-nauta, y un color, o su ausencia, son las traslaciones de la luz y la sombra en el transcurso de lo existente hacia lo inexistente.

Vida y muerte se confunden en un giro muy similar a la abstracción figurativa de las cadenas del ADN, expandiendo una constelación donde ambas naturalezas se enlazan y danzan para propiciar la esencia del todo. La centralidad, la visión del núcleo, la admisión de que todo lo que nos parece eterno es, a nuestra desaparición, finito, es una constante en la obra de Pedro Martínez Osorio y una recuperación del discurso mitológico de las culturas mesoamericanas.

Bajo la renovación de los materiales utilizados para mantener vigente esa cosmovisión prehispánica, su obra es un espejo de nuestro pasado donde todo lo que se refleja posee el don del rejuvenecimiento. Ahí, en ese espacio visual, todo se vuelve eternamente joven, todo acaba de suceder, y esa constante permite que la atemporalidad sea el factor dominante dentro del objeto: permanecer, es la vocación de estas piezas.

Como todo lo perfecto dentro del universo de la creación visual, el arte escultórico debe ser tan simétrico como elegante; y aquí, en esta obra de impecable elegancia, el negro y el blanco, la sombra y la luz, los matices brillantes que otorga el pulimento, así como las sutiles notas de color, confirman que la escultura es un reflejo del universo, de la creación misma, de la cualidad hacedora de los dioses y de los hombres.

Armando Herrera Silva

Secretario de Cultura