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De geometrías inquietas y sacrificios

A propósito de Pedro Martínez Osorio

Tarde o temprano, cada deseo debe encontrar su cansancio: su verdad… E. M. Cioran.

La fatiga entendida como plenitud, a eso se refiere ese profeta de la sorpresa llamado Cioran. El cansancio o la lasitud, resultado de exprimir las posibilidades de manifestación y sentido de la materia; y, en su caso, por qué no del espíritu. Pero esta intrigante ecuación dispone de otro elemento en equilibrio: el deseo. Y este apetito, a veces razonado, en ocasiones desbordado, funge de combustible de los objetos de la creación: los alimentos que nutren nuestra conciencia, esa rara habilidad que el sujeto posee para forjarse sus ansias, incluso para saciarlas. Entonces, el artista como creador, desafía a la bóveda celeste, sucumbe a la hýbris (en griego ὕβρις, la desmesura), emular a los dioses. El cansancio, pues, del deseo cumplido. Y esto es lo que revela el desfile de maravillas que nos ofrece, tímido y resuelto, Pedro Martínez Osorio (Ciudad de México, 1953), en la exposición que le monta el Museo Federico Silva Escultura Contemporánea (San Luis Potosí).

Atendiendo a la mirada rigurosa de su maestro por excelencia, Jesús Mayagoitia, notabilísimo hacedor de ilusiones, y a la tan pulcra como ilustrada curaduría de Enrique Villa, quien más que director del recinto es un devoto de los ritos plásticos, nuestro artista nos convida una sucesión de enigmas descifrados: entes regulares, cuya composición exilió las tentaciones orgánicas para concentrarse en la búsqueda de una cadencia formal, un tono y un timbre que urdan un ritmo compositivo de la materia en el espacio, que terminará hallando en la lapidaria mesoamericana. En esa geografía de la devastación pétrea encontrará las formas ocultas, atesoradas, como soluciones tridimensionales2. En el vasto territorio del arte el tópico central siempre ha coincidido con la expresión, ¿qué predican o susurran los objetos cuando rompen su voto de silencio y así lo disponen? Los enunciados proferidos variarán de creador en creador, la diversidad campea los ejercicios de la imaginación. De modo tal que los cánones, así se refieran a los procesos de fábrica, no son bienvenidos en tan singular comunidad de diálogo, la del arte y sus oficiantes.

El pasado de las altas y refinadas culturas prehispánicas le funciona de brújula en más de un sentido y lo orienta a que privilegie las canteras y los recintos en la formación de su abecedario visual. Empero, en su paso por la Escuela Nacional de de Pintura, Escultura y Grabado, La Esmeralda (1985-1990), abrevó en otros soportes y senderos vocacionales y de fábrica: la madera, gracias a Kyoto Ota; Ramiro Medina, tallador de Francisco Zúñiga, en la piedra; Joaquín Conde García, lazarillo y hermeneuta que le hizo comprender que la regularidad de su diseño gráfico –su formación previa– traslucía ritmos, volúmenes y espacios propios de la escultura, conduciéndolo a esa “tierra prometida”; y, por supuesto, Jesús Mayagoitia, quien ha sido propiamente su mentor3, a quien le ha correspondido la tarea crucial de eliminar las fronteras de su pensamiento para justipreciar filosófica y prácticamente el legado de nuestros antepasados, así como resolver en la práctica los acertijos de la geometría y en consecuencia el comportamiento de los materiales, recuérdese que ambos aprovechan además la creación metal-mecánica.

Marcador de juego de pelota encontrado en 1963, en el barrio residencial de La Ventilla, Teotihuacan. Cuatro piezas de piedra volcánica ensambladas. (Museo Nacional de Antropología, 500 a 650 d.C.; 215 x 77 x 55 cm.)

Devoción a los elementos y las vitualles provistas por la naturaleza, estudio y valoración de sus méritos intrínsecos, que le concede el placer como premio al agotar sus gangas, que por logradas semejan sinecuras. Lejos de ello, el fabulador de altares de calaveras y volumetrías infinitas no se refocila en su talento, lo informa con su quehacer cotidiano en el taller, domeñando las materias primas, y con su investigación rigurosa en el gabinete, acechando soluciones originales. Sus empeños son colmados de gracia, rindiendo tributo a esa suma geométrica que es el marcador del juego de pelota de La Ventilla, así como en el poema de Ungaretti “En la galería”4:

Un ojo de las estrellas

nos espía desde aquel estanque

y filtra su bendición helada

en este acuario

de hastío sonámbulo.

Atisban entonces, los mexicanos de la lejanía en la fragua, la talla o el ensamblaje de sus andanzas y estaciones geométricas o rituales. En este caso, su frecuentación al corolario de las guerras floridas, los sacrificios devocionales, cuyo resumen solía montarse en esos espléndidos y terroríficos “muros de calaveras” (en náhuatl tzompantli, muro, hilera o bandera de cabezas), que este artista glosa y despliega con singular acierto.

Al respecto de estos altares, en la Historia Natural y Moral de las Indias en que se Tratan de las Cosas Notables del Cielo, Elemento, Metales, Plantas y Animales dellas y los Ritos y Ceremonias, Leyes y Gobierno de los Indios (Libro Quinto), Joseph de Acosta nos refiere con pesar y precisión:

Primeramente los hombres que se sacrificaban eran habidos en guerra, y si no era de cautivos, no hacían estos solemnes sacrificios, que parece siguieron en esto el estilo de los antiguos, que según quieren decir autores, por eso llamaban víctima al sacrificio,  porque era de cosa vencida, como también la llamaba hostia, quasi ab hoste, porque era ofrenda hecha de sus enemigos, aunque el uso fue extendiendo el un vocablo y el otro a todo género de sacrificio. En efecto, los mexicanos no sacrificaban a sus ídolos, sino sus cautivos; y por tener cautivos para sus sacrificios, eran sus ordinarias guerras. Y así, cuando peleaban unos y otros, procuraban haber vivos a sus contrarios, y prenderlos y no matallos, por gozar de sus sacrificios.

Tzompantli asociado al Templo Mayor, según el Códice Ramírez. Relación del origen de los indios que habitan en la Nueva España según sus historias (Manuscrito de Juan Tovar, 1587)6.Continúa el discípulo de San Ignacio de Loyola con una descripción pormenorizada, enfatizando la solemnidad de la etiqueta religiosa y rematando el apartado con que: “Lo mismo hacían todas las demás naciones comarcanas…en servicio de sus dioses”5.

Tzompantli asociado al Templo Mayor, según el Códice Ramírez. Relación del origen de los indios que habitan en la Nueva España según sus historias (Manuscrito de Juan Tovar, 1587)6.

Nuestra recuperación del protocolo sangriento y sofisticado de la guerra florida, se limita a su plasticidad radical, la complejidad simbólica y constructiva del proceso de allegarse de cautivos ofrendables que, al ser sacrificados, sus cabezas cercenadas eran coleccionadas-montadas en esa suerte de estanterías –los tzompantli– que las conservaban hasta su plena degradación orgánica, los corazones depositados en los cuauhxicalli (en náhuatl, vaso de las águilas; recipiente donde se almacenaban los corazones humanos), que solían tallarse en piedras de basalto con forma de águila o jaguar, aunque también se recurría a la imagen del Chac Mool con vaso-olla en el vientre, y el resto de los cuerpos o cadáveres eran lanzados escaleras abajo del Templo Mayor, por ejemplo.7

Tema central de nuestro imaginario, el tzompantli, ha sido representado por muchísimos artistas con distinta fortuna estética; siendo notable el muro perimetral en celosía del Museo Nacional de Antropología, con más de 700 metros lineales, de Manuel Felguérez; así como los ejercicios dilatados de hasta mil cráneos hechos en papel, madera, cartón, hoja de lata, madera, acero y bronce de Manuel Marín, que han sido expuestos en distintos sitios (Centro Cultural de España, Instituto Cultural Cabañas, Fundación Sebastián) y han gozado de singular y merecida aprobación crítica. De equivalente calidad, armonía y monumentalidad, son las variantes de esta tortura elevada a la calidad de arte de Pedro Martínez Osorio, uno en recinto gris y tres en acero al carbón, amén de otras presencias de calaveras, alguna en solitario (Calavera de las 9 lunas; 1997) que resplandece en su inquietante belleza, y otra en altorrelieve en una columna titulada Macuana ceremonial (1997).

Artífice que participa en la tradición renovada del Anáhuac y las culturas precolombinas que elude el pastiche y la vulgaridad de la copia, capaz de husmear en los principios y valores que alientan una tridimensionalidad rotunda, cargada de energía cósmica, de fervor pietista, de espíritu comunitario, que si bien se diluyó durante trecientos años de dominio habsbúrgico y borbónico, resistió sin extinguirse, legando un patrimonio vastísimo de calidad inigualable, que causara admiración en Alberto Durero y Pedro Mártir de Anglería, los únicos europeos que sin visitar América valorasen los bienes que arribaron a manos del emperador Carlos I de España y V del Sacro Imperio Romano Germánico, calificando esa miscelánea de objetos de maravilla remitidos por Hernán Cortés en calidad de tributo, como obras de arte de gran refinamiento. Sin darle la espalda a los aportes de Occidente, Martínez Osorio escucha las voces profundas que le brindan identidad.

Consciente de procesos objetivos de la representación, como el señalado, Hegel apunta en De lo bello y sus formas:

“La verdadera originalidad, tanto en el artista como en la obra de arte, consiste, pues, en estar penetrado y animado de la idea que constituye el fondo de un asunto verdadero en sí mismo; en apropiarse completamente esta idea, en no alterarla y corromperla mezclándola a particularidades extrañas tomadas, bien de lo interior, bien de lo exterior. Solamente entonces revela el artista en el objeto formado por su genio su verdadera personalidad.”8

Lo medular en la exposición del filósofo alemán radica en que reconoce la estructura trascendente del objeto artístico en la personalidad, como proceso y como resultado, por encima de valores que juzga coyunturales y subordinados tales cuales la manera, acotada a la parte exterior de la obra de arte en su concepción y su ejecución, y el estilo, las leyes de la representación artística dependientes del género particular.

Pedro Martínez Osorio labra y cincela las rocas; tuerce, dobla, corta, rola y suelda los metales; se atiene a la textura y el color de la piedra o aplica pintura con tonalidades primarias de luz y de pigmento. En todo caso se abstiene del efectismo, manteniendo una sobriedad que se agradece en esta era que, en muchos casos, suele abusar de los trucos y los golpes de gracia, propios de una teatralidad que tiende a banalizar el arte, entronizando la lógica especulativa del mercado. Lejos del arte objeto y el conceptualismo, estas creaciones son inteligentes sin proponérselo, por el simple hecho de ser auténticas, naturales, dueñas de los sueños que las animan a presentificar las manifestaciones de un futuro anterior, ese tiempo que pudo haber sido y no fue.

Pedro Martínez Osorio es testigo, cronista y adelantado, de una herencia por venir, consciente del esplendor de su pasado. Emprende decidido su marcha hacia lo insólito…

Luis Ignacio Sáinz

1“Tôt ou tard, chaque désir doit rencontrer sa lassitude: sa vérité…”. Syllogismes de l’amertume

(1952), Editions Gallimard, París, 1987, 160 pp.

2En un texto del verano de 2018 el propio Mayagoitia identificará los rasgos esenciales del quehacer de su antiguo pupilo: “Influencia, admiración, identificación y respeto, son el hilo conductor que une a Pedro con las culturas mesoamericanas, las cuales nos heredaron magníficas y portentosas esculturas, que son la suma de extraordinarios esfuerzos para realizarlas en piedra, pero bien valía la pena porque de esta manera sus símbolos mágicos religiosos, tendrían un presente permanente y un futuro infinito.” Más adelante precisará los medios de que se vale Martínez Osorio para conquistar su verdad material: “Por la formación que tuvo inicialmente de diseñador gráfico, Pedro sabe perfectamente que la geometría es la única herramienta que existe para organizar el espacio […]: cubos, prismas cuadrangulares, prismas rectangulares, prisma trapezoidal, pirámide cuadrangular, cilindros, y esferas.” Véase, Mayagoitia, Jesús: “La piedra: primigenia, esencial y expresiva”, documento contenido en este mismo catálogo.

3Recuérdese a Méntor (en griego antiguo, Μέντωρ), hijo de Álcimo y amigo de Odiseo o Ulises (Ὀδυσσεὺς en griego; Vlixes en latín), que fuera el consejero y guía de Telémaco en la Odisea de Homero. De este nexo formativo y protector derivó el significado actual de quien comparte su experiencia, saberes y conocimientos, con un discípulo o aprendiz, para que este educando construya el éxito en el ejercicio de su vocación.

4Ungaretti, Guiseppe: La alegría, prólogo y traducción de Marco Antonio Campos, México, Universidad Nacional Autónoma de México, Coordinación de Humanidades, Colección Poemas y ensayos, 1979, p. 23. En su origen la obra se remonta a 1919 y cuenta con un título distinto: Alegría de náufragos – Allegria di naufragi. El poeta hermético (1888-1970), nacido en la periferia de Alejandría, pero ya en el corazón del desierto, mientras su padre trabaja en ña construcción del Canal de Suez.

5(1940) Edición preparada por Edmundo O’Gorman con un prólogo, tres apéndices y un índice de materias, México, Fondo de Cultura Económica, 1979, 1ª reimpresión, p.250.

6Códice Ramírez. Relación del origen de los indios que habitan en la Nueva España según sus historias (Manuscrito de Juan Tovar, 1587). Tovar, Juan de S.J.: Códice Ramírez. Aunque consta que este Padre, el primer jesuita mexicano, lo redactó tomándolo de fuentes indígenas, el nombre está ya indeleblemente asociado al de su primer editor, José F. Ramírez, quien encontró el manuscrito en el convento de San Francisco. Editorial Porrúa, Biblioteca Porrúa no. 61, (Junto con Crónica Mexicana de Hernando de Alvarado Tezozómoc), México, 1975, 2a. edición, no. 2.

7“La religión y los ritos tenían una importancia fundamental en la vida del pueblo mexica y entre éstos destaca el sacrificio humano, la ofrenda máxima que se podía hacer a los dioses. Los informantes de Sahagún, en el Códice Matritense, describen en náhuatl varias tlamamanaliztli, “ofrendas”, para los dioses y otras acciones rituales. Entre éstas se encuentran la tlamiquiliztli, “muerte sacrificial de un ser humano”, la tlatlatlaqualiliztli, “dar de comer a los dioses”, el tlauauanaliztli, “rayamiento” o sacrificio gladiatorio, el zacapanemanaliztli, “colocamiento de gente sobre el zacate” (a quienes se colocaba era a los xixipeme, hombres que se vestían con las pieles de los desollados); también se llevaban a cabo diferentes formas de autosacrificio y otras acciones rituales.” Véase, González Torres, Yolotl: “El sacrificio humano entre los mexicas”, en Arqueología Mexicana, México, número 63, 2003, septiembre-octubre, p. 40-63.

8(Estética), traducción de Manuel Granell, Madrid, Espasa-Calpe, colección Austral, número 594, sexta edición, 1980, p. 135. Publicación póstuma. Tras la muerte del pensador en 1831 y tras cuatro años de esfuerzos para ordenar sus Lecciones de Estética, su discípulo y secretario G. Hotho comienza su publicación. Bajo la modalidad de esta versión, este volumen es su primera parte, resultando el Sistema de las artes, la segunda, y la Poética, la tercera y última. Obras publicadas en la misma colección con los números 726 y 733, respectivamente.